Cuando todo te sobrepasa

El carnet de conducir.
El vestido.
Las oposiciones del Maestranza.
El trabajo.
Los horarios.
Los compromisos.
Mis amigos.
Escribir.
Ser ama de casa.
Ser sociable.
Tener reuniones de más trabajo.
Hablar de trabajo.
Pensar en trabajo.
Vivir para el trabajo.

Tengo una obsesión. No sé si es más o menos sana, pero es mi obsesión. Y mi obsesión es vivir. Me obsesiona el hecho de que 25 años sólo los voy a tener ahora, al igual que no voy a volver a tener 18 ni 22 años.
Siento que he podido vivir mucho más de lo que lo he hecho. Y, aunque no me pesen mis decisiones, o lo que he hecho hasta ahora, quiero aprovechar el tiempo. Quiero vivir. Quiero recordar cada año de mi vida por algo excepcional. No quiero que se me escapen los años viviendo menos para sobrevivir más.
Y no puedo. Vivir mi vida es demasiado caro. Querer ser independiente, vivir con mi novio, poder casarme, tener hijos. Es demasiado caro. No, no hablo de dinero. Hablo de vida. No conformarse es caro. Y a veces, nuestro cuerpo tiene menos poder del que las circunstancias nos piden.
Soy luchadora. Lo llevo siendo toda mi vida. Soy fuerte, estoy entrenada. Estoy acostumbrada al dolor, a pasarlo mal, a sufrir. La vida es cíclica, la acepto y sé que siempre va a haber momentos buenos y momentos malos. En general, soy feliz.
Pero
ahora
no puedo.

No puedo con tanto, no puedo con tanta autorresponsabilidad, no puedo con tanta presión, no puedo con todo esto. Por cada alegría, 18 palos. Por cada descanso, periodos más largos de esclavitud. Porque probablemente me sienta ahora así. Esclava.

Cualquiera desde fuera pensará que empiezo a ser afortunada. Que empiezo a trabajar con un estudio, y encima me pagan. No os hacéis una idea del desgaste físico y mental que es saber durante toda la semana que el sábado vas ir a sufrir. Que vas a estar en tensión y con miedo entre 6 y 9 horas. Que tienes tanto miedo a hacerlo mal (porque tu jefe no es capaz de darte una palmadita en la espalda) que acabas haciéndolo fatal. Que tu cámara se vuelve tu peor enemiga semana tras semana. Que necesitas evadirte cinco minutos y no lo haces por miedo a la desaprobación. Que tienes que ser creativo a la manera de otro. Que no hay crecimiento ni personal ni artístico. Sí, aprendo, pero lo siento, esto es una tortura, por 80€. Pero claro. No puedo dejarlo. No puedo sin más desentenderme. A cuántos decepcionaría. Cuántos pensarían que soy imbécil. Cuántos pensarían que soy una niñata caprichosa que, encima que trabaja de lo que "quiere", lo deja porque es que "ay, no es del todo como imaginaba".
Pero no se trata de eso. Necesito hacerme esta temporada. Necesito ganar ese dinero. Necesito ese dinero.

Y la autoescuela. Ese otro infierno. Esa gran prueba de mi vida. Ese compromiso. Ese momento que elegí por unas circunstancias que, por azar de la vida, cambian totalmente y ahora vuelve a no ser el momento. "Voy a dedicarle más tiempo" "Voy a sacarmelo ya del tirón y me olvido". Sí. Pero ¿cuándo? ¿cuánto más le puedo dedicar a esto? ¿no duermo? ¿no vivo? Volvemos al hecho de vivir. Necesito vivir. Necesito mis tiempos de trabajo y mis tiempos de descanso. Yo siempre los he tenido muy claros, pero cada vez se diluyen más en el tiempo, en el espacio y en mi mente.

Y la dieta. No es una dieta difícil, no es complicada de llevar, no paso hambre. Pero me prohíbe. Me prohíbe salir a despejarme y beberme cuatro cervezas. Me prohíbe esos momentos de relax, sin preocupación, sin tener que pensar en "no debo hacer esto" "tengo que perder peso" "no estoy a gusto con mi cuerpo". Porque no, no lo estoy. No me gusta mirarme en el espejo y ver toda esa celulitis y estrías en mis piernas. No me gusta tener los brazos pegados al cuerpo, porque se ven más gordos. No me gustan esos mofletes en mi cara, ni tener que comprar ropa nueva porque la que me ponía antes no me entra.

Y el vestido. Que os reiríais, si leyerais esto, porque un vestido me mine la moral. Es un puto vestido. Pero dentro de esto, está mi madre. Esa persona que, aunque suele a adolescente, no me entiende. No entiende que no estoy bien, que estoy agobiada, que necesito salir de ciertas cosas, que necesito que me quiten responsabilidades, no que me carguen con más. "Pruebate el vestido AHORA" "Hoy tienes que venir a mis clases de costura (y me da igual los planes que hayas hecho)" "Como el vestido no salga bien te compras tu uno que ahora tienes dinero"

Y no solo el vestido. Mi madre. Mi madre es siempre la persona que me regala esas gotitas que colman el vaso de mi día a día. "Te pruebas el vestido ahora (porque me sale del coño)". "Tienes que hacer la cocina, y las camas, o tender o bajar el toldo (aunque tú digas que estás trabajando, porque alardeo de que trabajas mucho, pero yo no me lo creo)". "Tienes que fotocopiar HOY (YA. AHORA) tus títulos, y tal y cual, porque mañana tienes que ir al maestranza y hacer esto y lo otro"

Y esa es otra. El maestranza. Las oposiciones. Que son una chorrada, pero de verdad que no puedo estar a doscientas veintisiete cosas al mismo tiempo. No puedo.

Que no puedo gastar, pero tengo que gastar. Que no quiero hablar de trabajo en según qué momentos, pero siempre acabo hablando de trabajo. Que necesito escapar, pero no puedo. Que necesito evadirme, tener un fin de semana de tranquilidad, aunque haga mil cosas, pero de escapar, y no puedo. Que necesito apoyo y me encuentro sola. Que quiero ayudar a quienes también lo están pasando mal, pero estoy tan agotada que mi cerebro ya no sabe qué hacer más que explotar. Que me sobra preocupación y me falta diversión.

Que estoy en el punto en el que hoy he explotado y me he escondido en el baño a llorar porque mi madre me ha pedido que haga un filete de pollo a la plancha.
Que no puedo con todo, no puedo. Que no he hablado de todo lo que me pesa, no he hablado de todas las responsibilidades que tengo a mi espalda, no he hablado de todo con lo que tengo que cargar, con situaciones, cosas, personas.
Que seis nudos en la garganta son pocos si hablo de un día. Que mi mejor momento del día es cuando duermo.
Que necesito huir. Acabar con todo esto. Terminar. Liberarme.
Y, por favor, no encerrarme más en mi cuarto a llorar.

En fin. Al final siempre sale el sol.

I guess

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