Sales ganando, como siempre.

Sales ganando, como siempre.
Te vas, creando un invierno en mi cuerpo, en mi mente y en mi vida. Pero te quejas de la nieve. No soportas el blanco de los copos que caen, cuando ni siquiera los has visto. Porque me dejas el invierno a mi, pero tú te vas. Donde, quizás no haya un sol deslumbrante, pero no hay una lluvia constante por tus mejillas hasta aterrizar en tus labios, salándolos. Eso sólo ocurre en invierno.

En invierno normalmente me da por pensar, por reflexionar, por recordar. Y llueve, llueve muchísimo.
Llueve cuando recuerdo aquellos días sin poder moverme de la cama, con dolores casi insoportables... Y sólo viniste cuando mi madre te invitó a cenar. Y al verme te reías, bromeabas sobre el absceso.
Llueve cuando, en contrapunto, recuerdo todas las horas a tu lado, sin separarme, haciéndote compañía y atendiendo tus necesidades (kleenex, café calentito, manta).
Y llueve aún más con aquellas horas, largas horas de hospital, cuando te operaron la nariz. Sin dormir, a tu lado, por miedo a que necesitaras algo y nadie estuviera pendiente de ti.

Llueve cuando recuerdo que, en nuestro primer aniversario, si no llega a ser porque te llama tu hermano, te hubieses quedado dormido, dejándome tirada. O cuando me dejaste sin ilusión en Reyes. O cuando me abandonaste en nuestro segundo aniversario, de forma sentimental y física. Aquí llueve sin descanso.

Llueve amargamente cuando te olvidas de que estando conmigo, quisiste a otras. Y, por más que me prometiste que estarías sólo para mi, sé que hubo otras. Lo sé (no lo creo, no es un pálpito, no es inseguridad... es conocimiento).

Llueve en todas esas ocasiones que me vi sola, o no acompañada por ti. Llueve cuando era sí y después no. Y fueron muchas veces. Llueven litros por cada vez que te dije que estaba a dieta y me plantabas delante toda la mierda que había en tu casa.

Y cae el diluvio universal cada vez que recuerdo el momento en el que se fue uno de mis amigos más especiales, para siempre, y tú no estuviste ahí. Viniste, sí. Pero jamás estuviste cuando necesitaba tu abrazo, tu protección en las noches de pesadillas, cuando necesitaba que estuvieras pendiente de mi. Al igual que nunca estuviste cuando necesitaba apoyo, un empujón.

"¿Y por qué no apartas el tema de la película? Es que tú no vas a ser capaz de hacer eso" Me dijiste, tallando con hierro y fuego cada una de esas palabras en un corazón que ya estaba herido e inundado.
Porque me dijiste que no creía en tu proyecto, cuando TODAS LAS PERSONAS CON LAS QUE HABLABA PARA LA PELÍCULA, eran invitadas a estar en la comedia desde el primer momento, pero jamás le dijiste a nadie de la comedia nada de la película.

Pero te vas, creando un invierno en mi cuerpo, mi mente y mi vida. Pero pregonas tu otoño como un invierno en Rusia. Con esa carilla de pena y esas excusas tan elaboradas, de actor, que parecen sacadas de un guión.

Porque, pasando de metáforas y palabras bonitas, tienes la puta habilidad de ser siempre la víctima.
"Pobrecito, se siente traicionado"
"Pobrecito, es que no está bien"
"Pobrecito, es que está agobiado"
"Pobrecito, es que se sintió muy mal"
"Pobrecito, es que le trataste muy mal"

¿Y DÓNDE QUEDO YO? ¿Quién me consuela por los cuernos? ¿Quién me consuela por ser abandonada en un hotel el día de mi cumpleaños y nuestro aniversario? ¿Quién me consuela por que fuera la persona que menos tiempo estuvo conmigo en mi celebración de los 26? ¿Quién me consuela por todos los complejos que tengo ahora a raíz de que no me tocara la persona que se supone que me quería? ¿Quién me consuela por todas las veces que hizo de menos mis miedos, enfermedades, ambiciones o metas? ¿Quién me consuela por todo a lo que he renunciado? ¿Y por todo lo que he perdido? ¿Y por esos miedos, complejos que he ganado? ¿Quién me consuela por el pasotismo, la falta de atención, de amor? ¿Quién me consuela por todo lo que he dado por él?

Porque me jode, ME JODE MUCHÍSIMO haber trabajado tantísimo por su bienestar, por su mejora, por que pudiera valerse por sí mismo, por que pudiera avanzar y hacer su vida, por su alimentación, sus horas de sueño, su biorritmo, su nariz, su salud mental, por motivarle, por hacerle la vida más fácil...
Y que todo ese cambio empiece justo cuando me echa de su vida. Que no pueda disfrutar de todo lo que hice por él.
Porque mi motor siempre era un "Venga Helena, aguanta, porque cuando él esté bien va a ser maravilloso, os vais a querer como nunca. Venga Helena, aguanta, es sólo una mala racha, pero vais a ser muy felices juntos, sólo necesita que le ayudes, que le des un empujón".
Pero ni siquiera me merezco eso. Porque sólo cuenta cuando me quemo, cuando no puedo más, cuando me arden las manos. Y al final, después de todo mi trabajo y todo ese... feedback... Yo soy la mala. La que te traiciona. La que te hace daño.

Y, en un día de lluvia... Aquí, donde estoy yo, empieza a nevar. Hace frío.

Y tú sales ganando, como siempre.

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